Pasion,mesa harina
En un sótano oscuro y polvoriento el cual era fácil de adivinar, que estaba completamente abandonado, lleno de polvo y de ese olor a madera vieja sin cuidar, se escucharon unos pasos bajar apaciguadamente una escalera por la cual se necesitaba mucho valor para ir por ella, pues el ruido que se escuchaba en aquella escalera de madera al notar el peso deslizarse entre peldaño y peldaño auguraban a este intrépido personaje una posible ruptura de la misma y en consecuencia un doloroso aterrizaje.
Con mucha suerte nada ocurrió, y nuestro amigo se dirigió hacia unas ventanillas que estaban tapadas con unos tablones de madera, cubiertos de suaves capas de humedad que se fueron incrustando en ellos al paso de los años, y que por el color se podía adivinar de muchos años atrás.
Cuando las ventanillas quedaron liberadas de obstáculos entro una tímida luz del día, que ilumino aquel sótano abandonado. Nicolás se sentó en una mesa y en silencio observo cuidadosamente todos y cada uno de los objetos que le rodeaban y que a la vez, decoraban ese sótano lleno de polvo, el miraba y por cada esquina y pared que reconocía, una sonrisa, o una mueca de tristeza agolpaban su rostro, y su corazón.
En su mente vio recuerdos de una infancia vivida entre esas paredes, palas, sacos, cubos y hornos que el tan bien conocía y que marcaron su vida para siempre. Se trataba del negocio familiar de los Ruiz, el cual había pasado de generación tras generación durante más de un centenario pero que se vio truncado por el fallecimiento del padre de familia que la poseía, en ese momento, de Manuel Ruiz padre de nuestro protagonista Nicolás, el cual se quedó huérfano de padre a muy corta edad, y que tuvo que trabajar desde entonces para aquella panadería, que como el la nomino (la cárcel de mi infancia). Pocas horas de juegos con sus amigos, prácticamente sus recuerdos de la infancia se resumían entre aquellas enormes cuatro paredes. Llenas de sacos de harina, fogones, calor, sueños sin cumplir y de recuerdos de momentos repletos de duros trabajos sin horario después del colegio. Cuando sus amigos le invitaban a salir después del estudio, para ir a jugar a las chapas, dar patadas a un balón imaginándose ser di Stefano o puskas, o inclusive hacer perrerías a las niñas del pueblo surcando aquellos preciosos campos repletos de aquel color verde, amarillo por los girasoles, o del color tan particular de los trigales, bañarse cuando viniera en gana en cualquiera de aquellas lagunas, en las cuales con un poco de suerte tropezarse y contemplar alguna moza veinteañera del pueblo lavándose en cueros a la orilla de un rio realmente no era misión demasiado imposible. Todo aquello estaba de algún modo prohibido para Nicolás el cual obedecía a una madre luchadora que sufría por dentro en sus carnes el ver cómo sin querer pero por necesidad su hijo que tanto amaba cambiaba su infancia por ayudarla y que intentaba por todos los medios que dejara de llorar tan amargamente noche tras noche por aquel amor que la dio un hijo, la amo hasta el último suspiro de su vida , pero que sin quererlo la abandono un día tan triste ,oscuro y tenebroso como cuando la guardia civil vino a por su esposo. En plena noche por culpa de algún alcahuete, un malnacido que un día le escucho decir algo no muy afortunado contra alguien que no se merece poner su nombre en esta historia, puesto que todos sabemos a quién me refiero. Lo tomaron por rojo! Como traidor, rebelde! contra la patria, lo fusilaron un 3 de noviembre del 57, todo el pueblo recordó el momento de aquel fusilamiento injusto, que después de aquellos disparos secos y a un solo sonido levantaron palomas al vuelo y derramaron miles de lágrimas de todos los vecinos de aquel lugar con nombre de poeta: lagunas de Lorca.
Nicolás se quedó atónito mirando un horno grande de ladrillos y al que le dijo ahí estas todavía? Después de tanto tiempo se te ve bien, y puedo apreciar que nadie te ha maltratado. Ese horno lo había construido su abuelo Rogelio, un hombre fuerte tanto física como mentalmente, que le ayudo a sentir la belleza y la pasión de aquella noble e indispensable profesión, pero esta palabra no la usaba era una forma de vida.
En ese mismo momento Nicolás noto en la palma de sus manos esa inerte y envejecida mesa en la que estaba sentado, la cual en un tiempo pasado relucía juventud y paria hermosos alimentos artesanales, porque no era solo pan lo que se hacía en ella. El tacto de la harina amasada tantas veces en aquella mesa, lo que disfruto haciendo masas interminables de pan y el jugueteo con los rodillos, como se ensuciaba de harina y como le recriminaban de vez en cuando lo perdido de harina que se había puesto, tan blanco que parecía un ángel, en ese momento Nicolás se levantó de la mesa , y a medida que la desempolvaba, también recordó el día que de milagro Jacinta bajo a aquel sótano buscando a alguien que le despachara unos panes para llevar a su casa, Jacinta era una muchacha con terso rostro que consiguió conquistar a Nicolás y por la cual él se quedó empanado, tanto que llego a pensar despacharle pan toda la vida, aquella mujercita de 21 años la cual se quedó prendada de aquel muchacho rodeado de hornos y de trabajo, y con una inocencia no permitida para aquel tiempo. Como si se lo hubiera jurado ella en ese momento lo sacaría de su cárcel accidental y lo liberaría de aquellos hornos, después de compras innecesarias y de muchas ganas contenidas por los dos, una noche de mayo se amaron en aquella mesa donde ahora se apoyaba Nicolás. Sonreía como la primera vez que consiguió a Jacinta como mujer y la vio postrada en aquella mesa tan bella como si fuera una diosa caída del cielo para él. Desde aquel día sus vidas serian una tanto tiempo como dios quisiera o como él decía y aunque no quiera me dará igual.
Aquella tormenta de recuerdos sin descanso, habían hecho olvidar a nuestro protagonista el motivo principal de su visita a aquel lugar tanto tiempo cerrado, olvidado y dejado por la mano de un futuro incierto.
En ese momento se quitó la americana, se desabrocho la corbata y comenzó a interpretar como se hacía el pan, cual si su intención fuese crear una perfecta barra de pan, disfruto haciéndolo, noto la harina, el agua la mezcla de ingredientes en sus manos con una pasión adormecida o prohibida por el mismo. Mientras sin cerciorarse que no estaba solo al otro lado de aquel sótano lo admiraban por sus movimientos dos figuras, era Jacinta y su hijo Manuel el cual no entendía lo que su padre hacía en ese momento, y por qué? Pero le parecía divertido y con la mirada de su madre Jacinta se dio cuenta que de nada malo se trataba. Jacinta miraba a Nicolás prendida de su marido y por la expresividad de movimientos de su amado por el cual sentía lo mismo que tantos años atrás comenzó en aquel mismo lugar, recomponiendo una estampa que había visto 20 años atrás, en Nicolás su Nicolás, un escalofrió la atrapo la piel y sus ojos desprendieron unas lágrimas de emoción por lo que estaba disfrutando contemplar en aquel instante, recordó por qué decidió vivir, convivir y hacerse el juramento de amarlo hasta el final de sus días.
Después de esa representación Nicolás se dio cuenta que su obra teatral extemporánea tenia espectadores, sonrió a sus seres más queridos, los llamo a su lado y dijo: vine aquí para mirar este lugar por última vez, pero me doy cuenta que es algo más que una panadería, es mi vida, y no voy a permitir que la derriben, mirando a Jacinta con la mirada le comunico que la abriría otra vez aunque solo fuese por quizás 20 años más, pues nunca obligaría a su hijo continuar algo que no quisiera, pero que con ese torrente de energía que había sentido, no podía vender y dejar que lo derribaran uno zoquetes con sus palas mecánicas para construir una urbanización de casas de lujo para ricos, y para el lucro de otros, pues aquel lugar eran recuerdos de unas vidas que no eran solo la suya.

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