Mi ventana

Mi ventana

Mi ventana era típica, normal y corriente, con vistas a la calle y mi hogar a ras de suelo. Por ella de niño y hasta mi juventud me encantaba mirar y deleitarme la de millones de seres y situaciones que podían pasar al lado de ella.
Miraba obligadamente al despertar por entre las cortinas verdes de mi dormitorio con ganas de ver como amanecía el día, todavía con mis legañas en los ojos y con el cerebro a medio despertar, mis sentidos tocaban sonata de despertares que cambiaban la melodía según el día se reflejase en los cristales de la misma, no por ello cambiaba mi humor pero mis instintos saboreaban los secretos de ese amanecer.
Por ella veía transeúntes que eran como historietas vivas y particulares todas y cada una de ellas que yo me imaginaba con más o menos acierto, veía a las vecinas ir a la cita obligada de la compra, a las niñas enloquecidas corriendo calle arriba a la plazoleta, para ver a sus imaginarios romeos jugar a la pelota, los maridos en domingo marchándose a comprar tabaco que raramente en domingo  aunque fuese miércoles les resultaba fácil de encontrar pues tardaban horas en regresar y que a veces según mas de un ingenioso perdían por el camino al igual que su tino.
Momentos concretos que mi ventana y yo éramos confidentes de nuestras visiones a la calle. Días ingeniosos que escuchábamos los motores de los coches ahogarse por aquella pendiente eterna que era la calle donde vivía, como si fuesen a reventar asfixiados por  el humo de sí mismos, yo me reía pues me imaginaba a un fumador empedernido que sin poder, seguía fumando más y más por muy dura que fuese la subida. Incluso cuando me iba al colegio por la parte externa de mi ventana a mi manera la guiñaba el ojo con la promesa de regresar por la tarde y volver a adentrarme con ella en aquel mundo surrealista pero inventado por nosotros, lo que lo hacía algo especial.
Por aquella ventana vi gente reír, llorar, gritar, enmudecer, fingir algo que no eran y un sinfín demás y diferentes ánimos que no voy a contar ahora.
Mirando por aquella ventana llore, y no por lo que veía si no por cómo me sentía, mi amada ventana entonces me enseñaba vistas de lugares que nunca supe en realidad de donde eran pero que me tranquilizaban y me ayudaban a pasar algún que otro momento, con arcoíris, montes verdes, con sus ríos chapoteando la orilla para que nunca se secara y le recordara a la tierra lo mucho que la amaba, de ríos que no existan donde yo vivía, de espectaculares calas de fina arena virgen y desesperadas por alguien que las desvirgara con su presencia, pero eso si con el permiso de la marea azul tan azul como el cielo de mi amada tierra canaria.
Tierra rica en leyendas, de historia, cultura de momentos rudos y alegres, tierra de vinos de crianza propia, de fiestas repletas de jolgorio y algarabía con sus folias y sus músicas latinas de salsa, merengue, cautivadores pueblos que con sus calles siguen enamorando a propios y extraños, y vigilados todos por nuestro amado y respetado padre Teide.
Es por eso que quizás el ser tan soñador con mi ventana no me resultara nada difícil porque por mis venas también fluye sangre de aquella amada tierra. De mujeres impresionantes y de impresionantes parajes, naturales o nacidos por algún estruendo o enfado del Teide.
Pero mi ventana y yo nos enfadamos y también nos enamoramos de tales preciosos cuerpos morenos cultivados al sol canario, lindas magas de ojos picarones como sus andares, completadas con aquel tan cariñoso acento canario, que por mi ventana al escucharlas me hacían inventarme canciones, o pensar besar aquellos labios que por ellos salía tan maravillosa concentración de rimas sin querer e insinuaciones al dialogo solo por escucharlas.
El momento de ver la lluvia para mí era algo hermoso pues como si fuese la culminación de lo esperado, el silencio de aquellas calles, desiertas de gente lo que hacía un momento genial para adorar aquella lluvia que tanto en muchos momentos se necesitaba, mi ventana me enseñaba como el cielo jugaba con ella y en mi imaginación distrayéndome con aquellas gotas de agua que cosquilleaban los cristales y se deslizaban por los mismos, pensaba en el llorar de almas que no estaban ya con nosotros, de ángeles si existiesen jugando a los bolos como de niño me explicaban para no temer a los truenos, imaginaba salir a la calle y empaparme de aquel agua, y por mi ventana abrirse un pase a las cataratas encontradas por mí, pues al llover el agua caía tan veloz y brava como yo me imaginaba aquella catarata, lluvia que con sus réplicas me envolvían en viajes navegando encima de mi ventana por selvas rodeadas de lagos sin descubrir, de navegaciones a mar abierto en busca de nada, pues ya era suficiente verme inmerso en tan precioso espectáculo, o quizás si mirando el mar y poniendo atención por si una peligrosa y hermosa sirena intentase seducirme. Cuando llovía yo sentía que sentía la vida correr por mi cuerpo, era la espontaneidad de mi alma, cuando el sol era el que reinaba, creía que nos acariciaba a todos por igual y que de aquellas caricias nos hacía sentir más queridos pues nunca dañaba y nos hacía sentir más bellos más felices más orgullosos de ser lo que éramos o somos y por siempre fuimos canarios de buen corazón.
Por los cristales de mi ventana, recordaba parajes visitados por mí, en mi tierra de arena negra volcánica de piedra y de maravillosos acantilados y parajes, que nadie puso por poner, sino que simplemente otorgo en el nacer de los tiempos al saber de la belleza de esa isla canaria bendecida con el nombre de Tenerife.

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