Amor, hogar, sueño






Amor, hogar, sueño.

En la oscuridad de la noche, en el momento que se mezclan, sueño y realidad, cansancio o la burbuja del entusiasmo llega a su culminar. El mundo de la realidad, o del deseo que se alían con la imaginación, esa compañera envidiosa que nos consigue ser codiciosos si las fuerzas nos fallan, imaginación que en ese momento nos doblega por tantos deseos incumplidos o pasadas de tren que quizás tuvieron que ser los nuestros, en aquel anden que nos quedamos mirando como pasmarotes sobrepasando las fronteras de la realidad o la imaginación, cuando la soledad es amiga incansable pero que no puede hacer nada contra el ritmo del segundero el cual nos avisa de una vejez cada momento más cercana e irremediable, por el transcurrir del día y la llegada de la noche con su fastuoso manto negro continuo.
Allí estaba Agustín con la mirada perdida a ninguna parte, pero eso si con algo que hacer al día siguiente trabajo, trabajo ese gesto que se hace por comer, sentirse útil pero lo primordial y por lo que el perdía el sueño cada día y su respirar  se transformaba en suspiros que llegados a oídos maliciosos podrían compararlos con un marica, o un perdedor sumiso, Agustín no quería más que tres cosas; amor pues no tenía con quien compartir tanto calor y cariño el cual se le escapaba del pecho por no tener capacidad suficiente para mantenerlo. Tenía un hogar que no era más que cuatro cartones y papeles de periódicos recortados cubriendo le el pecho sujetados y aprisionados por una camisa de franela recibida por un lugar de acogida, o por un alma caritativa a la cual le sobraba. Agustín perdió las ganas de luchar al ver que nunca podría besar a nadie hasta la eternidad. Sueños de un hogar por el cual luchar, pelear y sacrificarse pues no tenía con quien compartirlo.
Gritos de “malditos aquéllos que miran desde el cielo y esperan plegarias nuestras para solo engrandecer las tripas de aquellos que en la tierra no saben más que dar una ostia el domingo y te miran mal si los busca para ayuda sin un duro en el bolsillo”
En que falle, cuando me equivoque al ser condenado a vivir sin amor, sin ilusión, con solo estos sueños que me arrebatan el descanso, terminare ya está sin razón, dejadme en paz o marcadme una dirección.
Sus lágrimas inundaban las cuencas de sus ojos, que al rebosar se dejaban caer por el rostro de aquel hombre corroído y castigado sin motivo o condena extraída de la desdicha de la vida.
Por la mañana se afeitaba, se acercaba a la avenida de san Jorge, entre ruidos musicales espontáneos paridos por unos músicos  sin contrato aparente, pero con ganas de ser escuchados. Allí en aquel zoológico agustin se cambiaba su atuendo y mirando al mar se maquillaba la cara para hacer reír a los demás  los cuales se olvidarían al cabo de un rato de él, días que no se sentía con humor pero el estómago le hacía recordar que hoy también tenía que comer.
Aquel disfraz que lo hacía sentir bien pero cuando terminaba su acto de tardes eternas al sol, lo devolvían a la triste realidad sin careta sin amor. La ironía y los malos chistes los cambiaba por ráfagas de ingenio, que procedían de su cansancio que en momentos extremos Agustín conseguía  alimentarse de él.
Un hogar una esposa alguien a quien esperar y que te espere al llegar al hogar, con una chispa de calor e inundada de sueños compartidos. Porque estaba condenado a ese querer pero no conseguir, una mirada que en su chocar le dijera ven aquí.
Mil parques verdes de jóvenes retozar por ellos, simplemente por calmar esos impulsos de juventud, sexo, y expansión.  
El miraba pero no entendía el cómo se tenía que conseguir, o intentar.
(Que misterio a él se le había pasado de largo.)
Sentando una tarde de tantas se quedó mirando al suelo y vio un diminuto reflejo de cristal, lo tomo en su mano y lo admiro, se quedó quieto con sus negros ojos inmóviles al ver la belleza de aquel hallazgo. Parecía un diamante pero no lo era, imagino ser importante y lo consiguió con aquel trozo de cristal. Entonces se dio cuenta de su error que tantos años lo cegó y lo condeno.
El no dar valor a las pequeñas cosas que en su caminar pisaba, no darse cuenta de quien lo miraba pero se cansó de esperar. Su hogar, su amor, su sueño no conseguido fue porque nunca se paró a contemplar las pequeñas cosas que la vida le ofrecía.aquel mundo lleno de pequeñas cosas, que sin al parecer valen nada son señales que jamas deveriamos de dejar escapar sin un poco de nuestra atencion.

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