Selva, perderse, leona


Después de un tiempo de descanso de palabras necias, confesiones absurdas faltas de pecado y consistencia, de roces inesperados y ausentes de importancia, descaso de miradas culpables o de inocentes guiños disfrazados de mentira y de caminos inmundos iluminados por tenues rayos de farolas artificiales sin una pizca de luz propia.
Aquel descanso que encontré y fui feliz por un tiempo, es el mismo que ahora empieza a desesperar mis momentos de sosiego.              Querer cambiarlo por momentos de intriga por querer perderme en las faldas de manuela, en la ficción de las mentiras de carolina, en la continua aventura de mí tan respetada lucia, volver a notar el roce leal de gloria, y el vuelo sincero de las miradas de julia.
Caer abatido por las zarpas de pilar entre sus escotes abiertos como acantilados por los que cualquier hombre le merecería dejarse la vida por tirarse por ellos, y de falda corta con vistas al cielo, que vislumbraban la duda del cielo o el infierno, la inocencia perdida entre las piernas de marta en aquella jungla repleta de colinas, y suaves tonos morenos por las curvas de aquella leona que en su día tuve, pero por mi corta edad y su mucha experiencia jamás supe gozar como los dos merecíamos.
Perderme ahora es lo que no me importaría con lo que me dio el tiempo, la experiencia, para saber en qué brazos quiero caer sin necesidad de prometer nada y no convertirme en un mezquino mentiroso absurdo por conseguir lo que desearía escondiéndose entre palabras de amor y disfrazado de poeta de polvo y medio por noche.
Sin ataduras, no más que tener que aprender o recordar el nombre para no quedar mal, eso sí por un breve espacio de tiempo.
Tomar por reto, despojar a las lobas con piel de cordero, y transformar a las corderas en bellas leonas con sus deseos y fantasías convirtiéndolas en realidad.
Mi jungla repleta de laberintos de calles y rascacielos, de algarabía y de empujones sueltos, al caminar por callejones viejos pero distinguidos por su pasar por el tiempo. Desesperarme al perderme mirando unos ojos verde como los de mi deseada Isabel, que al mirarla me perdía en incertidumbre de resolver si aquel verde era coral o selva profunda como profunda era mi obsesión con ella al desearla pero notar que nunca podría llegar a amarla.
Tomar el sabor de la lengua de Laura mitad serpiente venenosa mitad pincel erótico por mi piel y mi boca. Dibujar lienzos de frondosas junglas entre nuestros sudores gemidos y culminados orgasmos, en aquellas sabanas que nos verán gozar y deleitarnos por nuestras fantasías hechas realidad, por la pérdida de respeto por lo general y atentando a la gravedad en aquellas sabanas que al final nunca nos pertenecerán y jamás nos llevaremos con nosotros.
Las tabernas de mi antiguo barrio repleta de distinguidos caballeros de media capa, bohemios atestados de alcohol y rodeados de mujeres que al final nunca pagaban. De jóvenes con radares siempre en activo para ver que muchacha entrar y con algo de suerte desfogar esos calentones de madrugadas inagotables de tentaciones. Y conmigo dentro con paso firme dirección la barra donde calmar mi sed y esperar ver a Nuria la mujer que representaba la ternura en su voz y la picardía de su acento acorde con aquella hermosa melena negra tanto, como la negra noche que probé los manjares de su piel, tan dulce y suave como lo era ella.

Si, esta selva que quiero que me trague y no me dé tiempo para ver el reloj ni yo notar el pasar del tiempo, como tampoco me daba cuenta al escuchar a Cecilia conversando de sus fantasías e ideas de lo que podía o debería ser la vida cuando fuésemos adultos.
Ducharme con la lluvia en primavera entre rayos y centellas por callejuelas donde robe más de mil besos a Nerea con nuestros cuerpos mojados entre farola y farola, buscando las luces tenues que nos convirtieran en sombras confidentes y películas cortas en blanco y negro. Donde me calentaba las manos por debajo de sus faldas siempre ardientes, sin inocencia sin reparos absurdos mi mayor pecado Nerea.
Al final sigo aquí esperando que enceles pero no ocurre nada, sigo mirando aquella foto tuya pero que ya no sabe decirme nada, pues te fuiste un maldito mes de mayo y a mí solo me quedo el recuerdo de aquella selva en la que te conocí hace ya tantos años y la que te llevo sin permiso de ella.

La misma selva en la que quiero ahora volver a perderme.



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